El dolor viene de serie, pero el sufrimiento es opcional
Cómo cambiar la experiencia del dolor
Cuando comienzo mis charlas suelo decir algo que, a primera vista, incomoda: el dolor viene de serie, pero el sufrimiento es opcional. No lo digo como una provocación ni como una frase ingeniosa para abrir la sesión. Lo digo porque he comprobado, una y otra vez, que detrás de esa afirmación hay una experiencia que puede vivirse en pocos minutos.
Del estado de alerta al estado de calma
Algunos asistentes sonríen; otros me miran con escepticismo. Es lógico. Todos hemos sufrido. Todos hemos sentido dolor físico o emocional. La frase parece simplificar algo que sabemos complejo. Por eso no me quedo en la teoría. Pasamos inmediatamente a la práctica.
Lo primero que pido es algo muy sencillo: que mantengan la boca mojada, con saliva abundante y fluida. Parece un detalle menor, pero no lo es. Una boca seca suele acompañar al estrés, a la tensión, al estado de alerta. Una boca húmeda y relajada es señal de que el sistema nervioso comienza a entrar en calma.
Aquí casi siempre surge la misma pregunta: “¿Y cómo se consigue eso?”.
La respuesta desconcierta por su sencillez: pidiéndolo.
Les invito a formular interiormente una frase clara y directa:
“Necesito, sin límite, saliva abundante y fluida como el agua.”
Nada más.
Aprendí este gesto sencillo del doctor Ángel Escudero, cirujano que durante décadas investigó la influencia de la mente en la modulación del dolor. Asistí a uno de sus cursos y comprobé personalmente la potencia de lo aparentemente simple. No había nada esotérico en ello, solo una invitación clara a que el organismo respondiera.
No hay esfuerzo muscular, no hay trucos, no hay movimientos extraños. Solo una petición consciente. Y entonces llega la primera sorpresa: la boca empieza a humedecerse. En todos. Sin excepción. Algunos sonríen incrédulos; otros se tocan los labios como si comprobaran que es real.
Respirar para cambiar el contexto del dolor
Después respiramos. Cuatro segundos de inspiración, cuatro de pausa, cuatro de espiración. La respiración diafragmática, rítmica y consciente, empieza a cambiar el tono general del organismo. El corazón se serena, la mente pierde velocidad, los hombros descienden unos milímetros casi imperceptibles. No estamos eliminando ningún dolor; estamos modificando el contexto en el que ese dolor se experimenta.
Cuando la sala ya respira al unísono, invito a dirigir la atención hacia alguna molestia presente. Siempre hay alguna: una tensión en el cuello, una presión en la espalda, un malestar difuso. No se trata de luchar contra ella, ni de negar su existencia, sino de observarla mientras seguimos respirando. Para quienes están habituados a la práctica respiratoria, les propongo ampliar la sensación y dejar que esa respiración se expanda por todo el cuerpo, como si cada hueso y cada tejido participaran de ese movimiento interior.
Lo que ocurre entonces es revelador. La molestia no siempre desaparece, pero cambia de forma evidente. En la mayoría de los casos, ya hacia la tercera respiración consciente y dirigida, la intensidad disminuye de manera drástica. A veces se atenúa hasta volverse casi irrelevante; en otras ocasiones, llega incluso a desaparecer por completo.
El sufrimiento como segunda capa
No se trata de sugestión ingenua ni de autosugestión teatral. Se trata de un desplazamiento real en la percepción. El dolor, que unos minutos antes ocupaba todo el escenario, deja de monopolizar la experiencia. Se vuelve menos invasivo, menos dramático, menos urgente. Si todos nuestros pensamientos y sentimientos pudiésemos colocarlos encima de una mesa, se trataría de cambiar el dolor a un segundo plano. Si antes ocupaba un lugar preeminente, en primera fila, ahora ocupa un lugar atrás, en la última fila.
Yo mismo utilizo este procedimiento en mi vida cotidiana. No hablo de una técnica que aplico a otros, sino de un recurso que practico cuando aparece una molestia física o una tensión persistente. Y siempre compruebo lo mismo: cuando cambia el estado interno, cambia la experiencia del dolor.
En ese punto les pido algo que suele sorprender: solicitar conscientemente analgesia psicológica. No como fantasía, no como negación, sino como posibilidad real. La medicina y la neurociencia reconocen que la percepción del dolor no es una señal mecánica e inmutable; está modulada por el cerebro, por la emoción, por el significado que atribuimos a lo que sentimos. Existen fenómenos como el placebo, la hipnosis clínica o la modulación cortical del dolor que muestran hasta qué punto la mente participa en esa experiencia.
En la sala, tras unos minutos de práctica, suele aparecer una sorpresa tranquila. No es euforia, no es milagro; es una sensación de descubrimiento. Los asistentes comprueban que no son víctimas pasivas de su experiencia corporal. Perciben que pueden intervenir, aunque sea modestamente, en la intensidad de lo que sienten. Y esa pequeña capacidad cambia mucho: les da poder.
El dolor forma parte de nuestra biología. Es un mecanismo de protección, una señal de alarma necesaria. Pero el sufrimiento nace cuando añadimos resistencia, miedo, anticipación, relato. Cuando la mente empieza a girar en torno a la sensación y la convierte en identidad: “mi dolor”, “mi problema”, “mi desgracia”. Ahí comienza una segunda capa que casi siempre es evitable.
Decir que el sufrimiento es opcional no significa que sea fácil eliminarlo ni que quien sufre sea culpable de hacerlo. Significa que existe un margen, a veces pequeño y otras veces amplio, en el que podemos aprender a relacionarnos de otra manera con lo que nos ocurre. Podemos reducir la lucha interior, suavizar la resistencia, transformar la narrativa.
Por eso comienzo mis charlas con esa frase. No como sentencia, sino como invitación. El dolor viene de serie, sí. Somos cuerpos vulnerables, expuestos al desgaste, a la pérdida, a la enfermedad. Pero el sufrimiento, entendido como esa prolongación mental que nos encierra, puede educarse, comprenderse y, en buena medida, transformarse.
Cuando alguien descubre que su experiencia no es inmutable, que hay un espacio de libertad entre la sensación y la reacción, algo esencial cambia. No desaparece la condición humana, pero aparece una forma nueva de habitarla.
Y ese descubrimiento, por pequeño que sea, ya es un alivio para el dolor futuro. Nos sentimos más seguros, más protegidos.
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